Servir

Cuando escuchamos la palabra servir, se puede pensar en sumisión, opresión, es visto como algo despectivo o denigrante. Sin embargo, el servicio es un acto de amor. Es un cúmulo de acciones en las cuales nos sentimos de provecho cuando de auxiliar a las demás personas se trata. En el momento en que somos de utilidad, cumplimos con la misión que nos ha sido encomendada, de igual manera, la que nos hemos fijado nosotros mismos. El entusiasmo de servir redunda en satisfacción, ya que ayudando a otros también nos beneficiamos, olvidándonos un poco, o bastante, de nuestras propias dificultades. Seamos serviciales no por obligación, es algo que debe nacer de lo profundo de nuestro ser, debemos hacerlo con amor y alegría, como si estuviéramos haciendo algo hermoso por y para nosotros mismos. 

Gloria Teresa

Callar

Si bien tenemos el derecho a expresar lo que sentimos, debemos hacerlo asertivamente, de la manera más adecuada posible y en el momento preciso. A veces es mejor callar, como dice el refrán, ‘calladitos nos vemos más bonitos’. Debemos saber, o mejor dicho, aprender a comunicarnos. En una conversación donde ya se estén subiendo los tonos, escucha bien antes de responder; y si lo que escuchas no te gusta o te da coraje, cuenta hasta diez y calla. Esto no significa que debes tragarte la situación, solo que debes calmarte, tomarte un tiempo y pensar bien lo que vas a decir. En un momento de enojo puedes llegar a decir cosas que luego harán que te arrepientas.

Gloria Teresa

Los Reyes Magos son Verdad

Apenas su padre se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escucharle como todos los días lo que su hija le contaba de sus actividades en el colegio, cuando ésta en voz algo baja, como con miedo, le dijo:

«¿Papá?»

«Sí, hija, cuéntame».

«Oye, quiero… que me digas la verdad».

«Claro, hija. Siempre te la digo», respondió el padre un poco sorprendido.

«Es que…», titubeó Blanca.

«Dime, hija, dime».

«Papá, ¿existen los Reyes Magos?»

El padre de Blanca se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente.

«Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?»

La nueva pregunta de Blanca le obligó a volver la mirada hacia la niña y tragando saliva le dijo:

«¿Y tú qué crees, hija?»

«Yo no sé papá, que sí y que no. Por un lado me parece que sí que existen porque tú no me engañas; pero, como las niñas dicen eso».

«Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos pero…»

«¿Entonces es verdad?», cortó la niña con los ojos humedecidos. «¡Me habéis engañado!»

«No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen», respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Blanca.

«Entonces no lo entiendo. papá».

«Siéntate, Blanquita, y escucha esta historia que te voy a contar porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla», dijo el padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado.

Blanca se sentó entre sus padres ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:

«Cuando el Niño Jesus nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:

«¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían».

«¡Oh, sí!, exclamó Gaspar. Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo».

Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó: «Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito».

Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió y la voz de Dios se escuchó en el Portal:

«Sois muy buenos, queridos Reyes Magos, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?»

«¡Oh, Señor!, dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas. Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero no podemos tener tantos pajes, no existen tantos».

«No os preocupéis por eso, dijo Dios. Yo os voy a dar, no uno sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo».

«¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible?», dijeron a la vez los tres Reyes Magos con cara de sorpresa y admiración.

«Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños?», preguntó Dios.

«Sí, claro, eso es fundamental», asintieron los tres Reyes.

«Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?»

«Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje», respondieron cada vez más entusiasmados los tres.

«Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres?»

Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír:

«Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres Reyes Magos de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, Yo, ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia. Y, alrededor del Belén, recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos todos son más felices».

Cuando el padre de Blanca hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo:

«Ahora sí que lo entiendo todo papá… Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado».

Y todos se abrazaron mientras, a buen seguro, desde el Cielo, tres Reyes Magos contemplaban la escena tremendamente satisfechos.

Autor Desconocido.

¡FELIZ DÍA DE REYES!