Mi árbol y yo

Nos hemos hecho amigos y en la distancia nos observamos. Quién sabe cuánto dure nuestra amistad. Se quedó tan solo y triste al comienzo del otoño que no supe cómo consolarlo…

Hoy le he vuelto a observar, es más alto que yo, erguido y vestido con sus mejores galas ha recibido a la primavera, hasta tiene otro color, se nota que es feliz a su manera.

Me he decidido a abrazarlo, a que me deje estar a su lado, que no sienta que lo ignoro, que sepa que entiendo sus sentimientos en cada estación del año.

Asimismo he bajado, le he sonreído hasta llegar a su lado… Miré lo alto que era, lo joven, sentí el bien que me hace su presencia.

Le di un abrazo gigante lleno de amor, no llegaban mis brazos a todo su cuerpo, había crecido mucho en el transcurso del año.

Así quedé por un largo rato, él tan inmóvil, tan altivo, tan sutil como elegante, me dejó que me llenará de la energía que emanaba, de su magia, de su alta copa, de todo lo que de lejos a cada rato me gustaba, tenía un no se qué, su sombra.

Supe lo bien que me hacía verlo cada mañana, observarnos desde lejos, primavera, verano, otoño e invierno… Así pasaron los años, de amigos a compañeros, a protegernos en silencio, nuestra paz no fue buscada, se hicieron socias.

Seguro que hoy estará esperando para que siga observando que llegaron nuestras vecinas, esas locas golondrinas, que sus ramas son más altas y las raices profundas…

Sí, mi amistad es fuerte y duradera, seguiré estando contigo… Mi árbol me ha saludado y yo le he sonreído.

Macarena Crespo

Los Reyes Magos son Verdad

Apenas su padre se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escucharle como todos los días lo que su hija le contaba de sus actividades en el colegio, cuando ésta en voz algo baja, como con miedo, le dijo:

«¿Papá?»

«Sí, hija, cuéntame».

«Oye, quiero… que me digas la verdad».

«Claro, hija. Siempre te la digo», respondió el padre un poco sorprendido.

«Es que…», titubeó Blanca.

«Dime, hija, dime».

«Papá, ¿existen los Reyes Magos?»

El padre de Blanca se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente.

«Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?»

La nueva pregunta de Blanca le obligó a volver la mirada hacia la niña y tragando saliva le dijo:

«¿Y tú qué crees, hija?»

«Yo no sé papá, que sí y que no. Por un lado me parece que sí que existen porque tú no me engañas; pero, como las niñas dicen eso».

«Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos pero…»

«¿Entonces es verdad?», cortó la niña con los ojos humedecidos. «¡Me habéis engañado!»

«No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen», respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Blanca.

«Entonces no lo entiendo. papá».

«Siéntate, Blanquita, y escucha esta historia que te voy a contar porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla», dijo el padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado.

Blanca se sentó entre sus padres ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:

«Cuando el Niño Jesus nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:

«¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían».

«¡Oh, sí!, exclamó Gaspar. Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo».

Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó: «Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito».

Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió y la voz de Dios se escuchó en el Portal:

«Sois muy buenos, queridos Reyes Magos, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?»

«¡Oh, Señor!, dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas. Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero no podemos tener tantos pajes, no existen tantos».

«No os preocupéis por eso, dijo Dios. Yo os voy a dar, no uno sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo».

«¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible?», dijeron a la vez los tres Reyes Magos con cara de sorpresa y admiración.

«Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños?», preguntó Dios.

«Sí, claro, eso es fundamental», asintieron los tres Reyes.

«Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?»

«Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje», respondieron cada vez más entusiasmados los tres.

«Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres?»

Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír:

«Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres Reyes Magos de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, Yo, ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia. Y, alrededor del Belén, recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos todos son más felices».

Cuando el padre de Blanca hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo:

«Ahora sí que lo entiendo todo papá… Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado».

Y todos se abrazaron mientras, a buen seguro, desde el Cielo, tres Reyes Magos contemplaban la escena tremendamente satisfechos.

Autor Desconocido.

¡FELIZ DÍA DE REYES!

Lola la Soñadora

Esta es la historia de Lola, una chica de pueblo que soñaba con ser ‘alguien’[1].

Lola la soñadora, la que sueña con su príncipe azul de carne y hueso. La que sueña con cambiar el mundo. La que regala amor y anhela recibirlo a cambio. La de los labios rojos y  la sonrisa a flor de piel. La de corazón gigante.

Lola la que supera todo obstáculo. La que afronta cada situación con fe y esperanza porque confía en Dios sobre todas las cosas. La que sobrepasa toda crítica porque aprendió en el camino que es una persona importante, y sabe que ella vale más por lo que es, que por la percepción que tengan de ella los demás. La que va de frente y valora sobretodo la honestidad y lealtad en la verdadera amistad.

Lola ya no es la chica que creció en un pueblo. Ahora es mucho más porque trascendió, extendió su mirada mucho más allá del horizonte y siguió su estrella. Aún es la que sigue soñando porque es de las personas que creen que los sueños no tienen límites ni fecha de caducidad. Y pese a que no se han cumplido todos sus deseos, es feliz, porque aunque no tiene todo lo que quiere, tiene todo lo que ama y necesita.

Lola no ha perdido la ilusión ni la esperanza, todavía sigue el rumbo de su estrella, persiguiendo sueños y creyendo en ellos.

Gloria Teresa Torres©

[1] Una persona importante.

Imagen: Pixabay